Quiero escribir sobre la muerte. Sumergirme en ella con un grito gélido y desgarrado. Sentir la angustia de lo certero, de lo inevitable. Y a la par que mi respiración se acelere y mi mente extraviada rompa el silencio de la conveniencia, dejarme llevar por mi más certero instinto y abandonarme al orgasmo de la noche. Sentir el vacio en mis venas. Calmar mi corazón y mis entrañas. Y dormirme en paz.

María era joven. María era afortunada. Durante sus veintitrés otoños había tenido todo lo que una princesa podía desear. Sus constantes padres habían cimentado un sólido negocio en la rivera para proveerla a ella y a su hermano de todo lo necesario. Una buena educación, clases de piano e idiomas, equitación, baile, no le faltaba nada. Y sin embargo, su lacónica mirada sólo cobraba vida de tanto en tanto, cuando de entre las minucias de la vida encontraba una excusa para sonreír e ilusionarse.

Era en esos instantes, en los que su rostro se encendía ardiendo de pasión, cuando María se volvía realmente atractiva. Era difícil resistirse a su mirada segura, decidida en una acción absurda y minúscula, pero que para ella cobraba una importancia inmensa. Comprar una nueva prenda de vestir, una cinta rosa para el pelo, o incluso descubrir unas nuevas galletas de chocolate. Situaciones divertidas e inimaginables para una persona atada a la realidad de nuestro mundo. Situaciones que nunca creí llegar a vivir hasta que la conocí. Pero así aprendí a amarla, y me volví preso de sus caprichos, de sus deseos marchitos que daban vida a mi mundo. Y así vivió ella sus días, imprimiendo melodías digitadas en mis huesos, del piano a mi alma, de mi alma a sus caderas.

Y es que más que cualquier otra forma de expresión, la música era su medio de comunicarse. Nunca escuché una palabra de enfado en sus labios, nunca un grito, nunca una palabra malsonante. Solo su mirada vacía y directa, enfrentada ante un mar de olas negras y espuma blanca, desafiando a un auditorio imaginado mientras Chopin liberaba sus frustraciones y sus miedos, su necesidad de sentirse querida nunca jamás satisfecha. Eran momentos terribles para mí, que prefería agrias discusiones antes que la soledad de su ausencia.  Pero la tormenta siempre terminaba al día siguiente.

Cuando recuerdo aquella época no sé si lo hago con nostalgia o con alivio. Fueron días felices, sin duda, pero también amargos. Me sentía prisionero de aquella valquiria que con tanta naturalidad me ofrecía la Valhala para, a continuación, hacerme trizas impunemente. Cuantas tardes la escuche tocar sentado en la terraza de su casa contemplando la puesta de sol. Aroma a café en la cocina, un nocturno, y su cabello rizado cayendo sobre su rostro. Y al terminar, mirada fría e indiferente al no encontrar las palabras adecuadas para describir su forma de tocar. Salía de su casa derrotado,  yermo, acabado.  Eran momentos de soledad absoluta y nada podía compensarlos.

Sin embargo, aquella noche todo cambio. María estaba especialmente alegre y dicharachera, la posibilidad de participar en un concurso nacional de jóvenes intérpretes la animaba y estaba deseosa de enseñarme las nuevas obras que había preparado. Así que después de un pequeño paseo a la orilla del canal, vamos a su apartamento y mientras yo preparo el riguroso café ella se acerca al piano y comienza a tocar. Shostakovich, concierto numero dos para piano. La melodía inunda la estancia acelerando poco a poco. Me siento en el suelo de la habitación mientras el tiempo pasa inexorablemente, nota tras nota, tomando mis sentidos. Mar agitado y de pronto tempestad. No sé cuánto tiempo estuve allí sentado, no sé si me dormí o si estuve lúcido todo el tiempo. Sólo recuerdo escuchar el andante y de pronto…silencio.

Al despertar comprobé horrorizado que algo no iba bien. Era tarde, mucho más tarde de lo que debía ser. El reloj marcaba las doce y el viento desde la terraza se hendía en mis huesos como un cincel. No escucho ruido en el salón. Tratando de conservar la calma me acerco temeroso al piano. Allí, con los cabellos sobre el teclado y sus manos caídas yace María. Me abalanzo sobre ella y al tocarla, noto la frialdad de la muerte. En su cuello, un cuchillo de cocina ha entrado como mantequilla destrozando su garganta. Entre gemidos de desesperación me pregunto.- ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué lo ha hecho?  ¡Yo la amaba más que a nada! ¡Dios mio, María!

Fue entonces cuando,  al depositarla en el suelo para abrazarme desconsolado a ella, me di cuenta de que yo sostenía algo con mi mano derecha, un papel manchado de sangre, un texto que, en realidad, había llevado conmigo durante toda la noche. Al abrirlo, tembloroso, reconocí mi letra al instante. Y sólo entonces comprendí:

Quiero escribir sobre la muerte. Sumergirme en ella con un grito gélido y desgarrado. Sentir la angustia de lo certero, de lo inevitable. Y a la par que mi respiración se acelere y mi mente extraviada rompa el silencio de la conveniencia, dejarme llevar por mi más certero instinto y abandonarme al orgasmo de la noche. Sentir el vacio en mis venas. Calmar mi corazón y mis entrañas. Y dormirme en paz.


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